domingo, 12 de diciembre de 2010

Un día común.

Un día común.

Como casi siempre la mañana salía, tranquila y fresca, con el rocío sobre las rosas y el ruido de siempre en la cocina.

-¿Qué harás esta tarde?
-Supongo que lo de siempre.
-¿Café?
-No gracias, hoy solo quiero jugo.

Uno a uno los pensamientos se acumulaban en la mente del joven que con la mirada abstraída se mordía la segunda falange del dedo índice de su mano izquierda que permanecía a la altura de su boca bajo la mano derecha con los codos recargados en la mesa.

-¿Sucede algo?
-Supongo que no –dijo el mientras cerraba los ojos.
-¿Sabes? –dijo en medio de un suspiro mientras reabría los ojos. –Hace mucho que estamos así, pero yo aún te amo como al inicio.

La chica sentada sobre la barra de la cocina sonrío y dijo:

-Aún eres joven, podrías retomar tu vida.
-No, gracias, así estoy bien.

En ese momento el chico se empinó el baso de jugo, tomó su chaqueta y salió.

-Si tan solo todo esto fuera real… no tendría que pasar toda la tarde mirando una lápida.

Fin.

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