sábado, 5 de febrero de 2011

Batallas y caídas.

Batallas y caídas.

Cada gota que tocaba el suelo se transformaba en diminutos cristales que brincaban por todos lados. La tormenta se tornaba más fuerte a cada segundo.

Bajo los cristales se veían aquellos salvajes resplandores de un lado a otro rugiendo como los truenos que sonoros surcaban el cielo. Corrían de un lado a otro chocando con todo a su paso. El aire era pesado y olía a desesperación mientras el suelo absorbía en el la muerte. La niebla se hacía densa e impenetrable a los ojos. Llevaba a cuestas una vida.

Los gritos de aquellos que contemplaban el manto blanco se perdían en la nada. El frío penetraba sus cuerpos mudos ante el gran algodón, pero más que frío… Era el miedo lo que sentían, porque una vez que se tiñera de rojo la cortina, todo habría acabado. El fango absorbería en el lo que la niebla a cuestas cargaba.

Aquellos resplandores incansables abrían el rio en dos mientras los ojos de aquel ángel producían aún más cristales miserables dispersándose entre los demás. El ambiente tenso comenzaba a quemar, se llenaba de ira, frustración y odio. La sangre que alguna vez se enlazaba y respetaba por ser una se congelaba y se rompía bruscamente en algún lugar de un gélido cementerio. Aquellas luces que eran siempre la misma, clamaban por una vida o quizás las dos. El tiempo agonizaba, para el hierro que cediera ante la tumba… se detendría de una vez y para siempre.

La traición era por si sola la madre de no uno, sino dos pecados, y los dos títeres, los padres del silencio eterno y el olvido. Las caras de aquellas marionetas se iluminaban ante el resplandor del choque de las filosas aliadas. Un error o el dudar representaría un cambio en la coloración del agua del rio… Y a su vez un destino fatal.

La diferencia de estilos era notoria entre ellos. Peleaban sin tregua y con toda su fuerza, pero mientras uno quería acabar lo más pronto posible con el otro… El otro se regocijaba en la cara de sufrimiento de su oponente. No quería partirlo aún, quería hacerlo sufrir y suplicar la muerte. Quería romperlo completamente.
La niebla comenzaba a disiparse, la lluvia dejaba de caer, y cuando todo regresase a la normalidad… la pelea debía ya de haber terminado.

La fatiga se hacía presente, todo dependía de un golpe final. Corrieron ambos al encuentro con el destino. El resultado fue el que todos habían predicho. Hubo un silencio sepulcral… y el tiempo se detuvo para uno de ellos mientras el otro tomaba aire y sonreía maliciosamente.

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