jueves, 1 de noviembre de 2012

Este cuento de ilusiones verdaderas.

Viene de:  http://enredados-en-mi.blogspot.mx/2012/11/herminia.html


En este cuento de ilusiones verdaderas.
(Un beso a la abuela)


Te espere bajo el árbol mustio de mi patio deslucido mientras las sombras de la noche devoraban a su paso las breves rendijas de luz que, abandonadas por el sol, morían. Un viento fuerte vagaba de un lado a otro silbando su canción silente  y penetrando en cada hueso de mi cuerpo recordándome las viejas heridas y algunas más recientes. Mi corazón bailaba. Mis memorias a el volvían.

Era de noche cuando al fin apareciste, ligera y cantarina como siempre, tan hermosa como si el tiempo jamás hubiese existido entre nosotros, como si nunca hubieses sido ni más vieja, ni yo más viejo, ni este patio tan jodidamente deslucido. Te abracé tan fuerte que pensé que te rompería, pero tú solamente sonreíste como siempre, como cada vez que me veías, como cada vez que fui torpe e inocente. Recuerdo que solía ser indomable y atrevido, un huracán inacabable que además hablaba pero nunca destruía, que jamás estaba quieto, que jamás el mundo por completo el entendía. Solías entonces escaparte, cerrar la puerta del baño y encenderte un cigarrillo, buscarte un minuto de descanso para poder de nuevo amarme, y yo, como un niño alegre y a la vez extraño… solía quedarme afuera y aún hablarle a tu escondite. Los ojos se me iluminaban cuando al llegar mi madre a casa, tú salías, entonces mi amor era un amor completo, inagotable. Mi abuela, mi madre, mis amores infantiles pero por siempre inolvidables. Me soltaste despacio de tu abrazo y caminaste.

A lo lejos había miles de voces, lamentos y sollozos surcaban por el aire. Los muertos… Permanecen por siempre en nuestros corazones.

Te tomé despacio de la mano y caminé contigo por aquel sendero anaranjado. Había cañas en el suelo y otras cosas, viejas fotografías nuestras y unas tuyas, la familia que tuviste, los niños que crecieron. Los hombres que aún te buscan y te esperan. Una lágrima rodó por tu mejilla helada. Había cigarros y dulces al final sobre una mesa, las fotos de mi abuelo y muchas velas. Incienso y una coca. Tu vida entera se anidaba aún en mi pecho. Me miraste entonces sin decirme una palabra y yo lo hube entendido. Me senté junto a ti sobre esa mesa como si nada y admiramos la luna en silencio mientras escapaban aros de humo desde tus labios encendidos. Los dulces desaparecieron despacio y el olor de la canela flotaba por el viento mientras bebíamos a sorbos tu vicio por la coca. Tu cabello rojo casi anaranjado brillaba a la luz de la luna mientras sonreías tiernamente y señalabas con el dedo un interruptor de luz junto a la puerta, yo recordé cuando era niño… Y entonces lo encendí.

Había miles de luces de colores resplandeciendo en todas partes, momentos que pasaban de lado a lado o a través de mi. Un niño que corría de cuarto en cuarto por la casa enciendo así todas las luces mientras una mujer de cabellos de rojos le perseguía apagando los interruptores encendidos y jadeando mientras aquel niño reía. Un bebe en una tinita azul del baño mientras esa mujer algo más joven y su madre lo atendían. Una mujer encerrada en el baño fumando un cigarrillo mientras alguien ahí afuera sin descanso hablaba y preguntaba. Una lágrima rodó por mi mejilla. Después de todos estos años sigo el mismo, un huracán inacabable que además habla pero nunca destruye, que jamás se queda quieto y que nunca entiende por completo al mundo, que ama las cosas brillantes y nunca cesa en sus preguntas pero siempre busca igual una respuesta.

Lloré como un niño al mirar mis manos frágiles y pequeñas. Un mechón de cabello rizado caía sin más sobre mi cara… y era entonces pequeño niño de aspecto delgaducho que no volvería a ver a su querida abuela según decían sus padres. Te arrodillaste frente a mí en ese instante y sonreíste, tus brillantes ojos llenos de lágrimas se desbordaron… y en mi frente quedó marcado un beso como antes, entonces, sin más, te desapareciste.

Era temprano por la madrugada, el sol casi salía nuevamente sobre de nosotros los vivos, y mientras el ambiente por sobre las calles se tranquilizaba… un vaso hacía a la vez de recuerdo de una noche y también de cenicero. Mi abuela, mi amor de niño, mi infancia y la mujer perfecta, mi lucero, el mejor final para todos mis inicios.


-Un beso a la abuela-


“Te espere bajo el árbol mustio de mi patio deslucido. Mi corazón bailaba. La felicidad que nunca olvido”.


2 comentarios:

  1. Creo que es lo más hermoso que he leído hace mucho, mucho tiempo. Pletórico de sensibilidad y maravillosos recuerdos de esos dos Seres que se vincularon para siempre y desde siempre.
    Me ha emocionado acompañar tus pasos mientras vivía los míos a través de tus recuerdos.
    Gracias por hacerme sentir así.
    Un abrazo

    Ana

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, me alegra muchisimo saber que alguien me lee por aquí y que ha sido de su agrado lo que ve.

      Gracias, de verdad.

      Eliminar